La Historia de Jen
Si mira mi vida ahora, nunca se imaginaría lo que hubo en mi pasado. Me gradué de la Universidad de Boston con un promedio de 3.8, viví en Japón durante un año, y estoy trabajando ahora con una firma de relaciones públicas en la capital de la nación. Pero la verdad es que casi no me gradué de la escuela secundaria.
Era una de las niñas listas. Asistí a la escuela secundaria en un suburbio de Boston conocido por sus calificaciones de SAT, y las tasas de entrada en la universidad – y en esa escuela secundaria, fui una de dos estudiantes que obtuvieron puntuaciones tan altas en los exámenes estandarizados como para ser nombrados Nacional Merit Scholar. Pero las cosas se pusieron difíciles durante mi tercer año. Comencé a no hacer tareas, y mi concentración disminuía. La escuela se convirtió en un lugar de terror para mi – donde tenía miedo a que me vieran, miedo de hablar. Compañeros y maestros me asustaban.
Durante mi cuarto año, resultaba incapaz de funcionar. Un serio trastorno depresivo me dejó incapacitada. No podía mantener mi compostura en las clases, ni hacer las tareas, ni siquiera, más adelante, ir a la escuela de modo regular. Es gracias a la guía de un consejero que me gradué. Él desestimó el que me faltaran créditos de Educación Física e hizo arreglos para que recuperara los créditos que me faltaban en inglés mediante reuniones individuos con mi profesor de inglés dos veces por semana. Desgraciadamente, este profesor no fue tan comprensivo. No entendía por qué yo no podía esforzarme y escribir el ensayo siguiendo las fechas que él marcaba.
Pero mi consejero no perdió su esperanza en mí. Me dijo que si podíamos encontrar una forma alternativa para reunir los créditos necesarios de inglés, valdría la pena – que yo valía la pena. Él hizo arreglos para que participara en unas prácticas con una revista local. Iba allí por sólo cuatro horas a la semana, pero la escuela aceptó esto como crédito de inglés, y fui capaz de graduarme.
Me llevó dos años más estar lista para ir a la universidad. Las pocas universidades a las que pude solicitar durante mi enfermedad no fueron muy receptivas con mi tan poco ortodoxo plan de clases del último año, y muy pocas me aceptaron. Pero en este punto de mi vida, no habría podido tener éxito en la universidad de todos modos. Durante los dos próximos años, trabajé a tiempo parcial y fui a terapia dos veces por semana, construyendo despacio la base que necesitaba para vivir de nuevo.
Cuando finalmente me sentí preparada para solicitar de nuevo la entrada a universidades, la Fundación Nacional Merit me informó de que la beca que iba a recibir había “caducado”. Estaba muy desilusionada de que mis logros académicos no eran tan importantes como seguir el plan de vida esperado por otros. ¿Hubieran mantenido la beca, me pregunto, para una joven que hubiera esperado a ir a la universidad por una condición más “destacable”?
Pero mis logros académicos en la universidad bien valieron la pena por los esfuerzos que fueron necesarios para llegar allí. Gracias al apoyo de la gente de mi escuela secundaria y la universidad que me dio una segunda oportunidad, tuve cuatro años maravillosos y fui elegida a las sociedades honoríficas Golden Key y Phi Beta Kappa. Fui presidente de una organización de estudiantes y llegué a hablar bien el japonés – incluso pasé un año en Japón tras mi graduación de la universidad. Y lo mejor de todo, soy ahora una mujer joven que es extremadamente feliz con su vida.

